reconoce sus orígenes

Top 5: Dennis Hopper

Publicado: 2010-11-25

Sí, este blog solo agrupa posts cortos, pero quería dejar por acá este artículo sobre Dennis Hopper que escribí para la revista Godard! en octubre, una especie de homenaje por el fallecimiento del gran cineasta, actor, pintor y fotógrafo. Estas son, pues, las mejores películas en su faceta de cineasta. Un campo donde se desenvolvió con solvencia, aunque no sea, precisamente, su talento más conocido.

Dennis Hopper, eterno motero

Cuando en marzo de este año anunciaron que Dennis Hopper recibiría su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, nadie pensó que el prolífico artista asistiría. La razón: un avanzado cáncer de próstata que se había expandido hasta sus huesos. Pero ahí estuvo, en silla de ruedas, con la frente parchada, y haciendo el máximo esfuerzo para cargar los 45 kilos de peso de su propio cuerpo. ¿Qué provocó que este hombre luchara de esa manera para recibir el reconocimiento de una industria a la que muchas veces dio la espalda? Entereza, dirán unos. Valentía, otros. Aunque quizá lo más adecuado sería decir desafío. El mismo atributo que mantuvo desde sus primeros años como actor, cuando trabajó junto a James Dean en Rebelde sin causa y Gigante, dos títulos que, hoy, quizá encajen mejor con Hopper. La actitud desafiante que lo llevó a encumbrarse como cineasta independiente con Easy Rider, para luego estrellarse contra el sistema con The Last Movie, más que un fracaso accidental, un ataque suicida a lo establecido. O sus paseos entre el arte, las drogas y el alcohol, todas ellas prácticas experimentales y fieles a lo largo de su vida, que lo hicieron un tipo constante por un lado y volátil por otro. De allí que pudiera trabajar con Francis Ford Coppola o David Lynch, y a la vez fuera temido por algunos que encontraban en él a una criatura indomable. “¿A que le temen?”, es una pregunta suelta en una de sus películas, con una respuesta que ahora se comprende más que nunca. El miedo no era a Hopper. El miedo surgía de lo que él representaba: la libertad plena, a nivel creativo, personal, moral, y en tanto otro ámbito pudiésemos mencionar. Libertad que contuvo e irradió hasta los últimos días de su vida. Tres meses después de su aparición en el Paseo de la Fama -donde regaló sonrisas valientes y agónicas-, Hopper moría en casa. Su estampa no.

1. Out Of The Blue (1980)

La secuencia inicial en esta película es chocante y perfecta porque nos advierte de que no hay mucho espacio para la felicidad. Y es así. Dennis Hopper hace su película más oscura escabulléndose sin rubores en el mundo del white trash. O sea, la marginalidad de la población blanca de los Estados Unidos. La protagonista -interpretada por Linda Manz- es una adolescente incontrolable, agresiva, incorrecta. Una fanática de Elvis Presley que arrastra a una madre drogadicta y a su padre recluido en prisión. Después de diecisiete años de esta descollante actuación, la actriz aparecería en Gummo de Harmony Korine, otra agria auscultación de la miseria americana. Coincidencia o no, lo cierto es que cada uno de los personajes en Out Of The Blue son los que van moldeando el escenario de depresión con sus interpretaciones. Hopper, por ejemplo, en el papel del padre, está literalmente inmerso en un basural desde donde busca una redención que se complica por la situación que lo rodea y, al mismo tiempo, por su propia voluntad. Pero el destino de este hombre no es más que una representación de lo que le ocurre a todo el conjunto de personajes, que deambulan con poco sentido de orientación en escenas filmadas de forma muy cuidadosa, calculadamente accidentadas hasta el punto de despojarse de su prolijidad. Como en ese seguimiento por los tugurios de un concierto punk, una de las pocas válvulas de escape en una película que parece arrancarle por completo las esperanzas a sus personajes. Una canción de Neil Young, que figura prominentemente en la cinta, reza que “es mejor quemarse que desvanecerse”. Bajo esa premisa, Out Of The Blue funciona como fósforo blanco.

2. Easy Rider (1969)

La película que significó el debut del director es también su más célebre y la que más culto ha cosechado en el círculo del cine independiente americano. Y no es para menos. Surgida en los años del hippismo, el conflicto en Vietnam y los años álgidos de la Guerra Fría, Easy Rider es un manifiesto de libertad para algunas de las minorías aplacadas por el conservadurismo. Esto, claro, por su temática. Pero es además atrevida en su propuesta fílmica, en el montaje y la edición que combinan lo amateur y lo detallista. “Es pura vida”, dice uno de los personajes en la primera escena donde dos tipos esnifan cocaína. Y sí, puede tildársela de impropia, pero es definitivamente vital en su acercamiento a estos personajes sin más preocupaciones que hacer valer sus ideas con actitud. Y Hopper no lo demostró subiéndose a una motocicleta y recorriendo los Estados Unidos. Más bien, se dispuso a hacer una película sobre eso y la hizo de la mejor manera y con la mayor autenticidad que pudo. Con todos las limitaciones y controversias, lo logró. Eso es pura vida.

3. The Last Movie (1971)

Esta es una película que mezcla mucho el naturalismo, el documental, la música. Es definitivamente un ensayo o un experimento ambicioso y arriegado desde el momento en que Hopper decidió trasladarse al Perú para continuar la estela auspiciosa obtenida con Easy Rider. Pero la industria es infiel y esta obra continúa, incluso ahora, siendo una obra maldita y cuyo éxito se ciñe al culto de unos pocos. Debe haber pesado en su fracaso -además de su audacia e irreverencia extremas en el planteamiento narrativo y cinematográfico- el hecho de mezclar su mirada costumbrista y tradicional con el concepto de una invasión extranjera que trastoca las costumbres de una población rural absorta ante lo nuevo. El filme tiene ingredientes profanos, violentos, racistas, sexistas, fetichistas, y otros rasgos que -vistos con prejuicio- acentúan su carácter prohibido. Lamentablemente, este cruce de Yawar Fiesta moderno con ayahuasca fílmico opaca lo más notable de su propuesta: la explosión creativa y los riesgos vanguardistas que no cualquiera se atreve a tomar y a culminar con entereza.

4. The Hot Spot (1990)

Tiempo después de haber interpretado a Frank Booth (el desquiciado villano de Terciopelo azul), Hopper dirige su propio thriller con elementos eróticos y psicológicos. La película de David Lynch y The Hot Spot comparten algunos puntos, pero esta última prescinde de los aspectos más oscuros y surrealistas para insertarnos en una realidad en la que la culpa y las mentiras cumplen roles gravitantes. Aún así, es hermética en la presentación de sus protagonistas. De alguna u otra forma, todos aparecen allí, como abandonados en el poblado donde se desarrollan las acciones y cruzándose entre ellos por la ausencia de alguien más que intervenga. No hay ni se muestra mucho -por no decir nada- ni antes ni después en sus vidas. El juego de chantajes y extorsiones es el que marca el paso argumental, que es hábil, discreto, y se hace interesante gracias al misterio que generan no conocer antecedentes en el perfil de los personajes. Intencional o no, la fórmula funciona

5. Colors (1988)

Aunque la obviedad es un defecto odioso, hay que decir que esta cinta basa su filosofía en el uso de los colores. Están las bandas de delincuentes de Los Ángeles -los rojos y los azules-, que se matan entre sí y a la vez son perseguidas por la Policía. Pero también están los policías, en este caso los interpretados por Robert Duvall y Sean Penn, que conforman una dupla que patrulla la ciudad para poner orden. Hasta ahí nada nuevo, pero hay alguna escena en que el personaje de Duvall (en una actuación espectacular, por cierto) dice que cada uno de ellos piensa de manera de distinta (“yo digo verde, tú dices rojo”), lo que genera la dicotomía y la confrontación sustancial de la película. Ciertamente, no hay un desarrollo de pares tan contrapuesto como en una película de Michael Mann, ni una relación maestro-alumno tan desarrollada como la conseguiría Kim Ki-Duk; pero sí encontramos un relato fuerte y frontal sobre lo caótica que puede ser la urbanidad infectada con violencia, y la inevitable rotación de poderes en una sociedad en la que el respeto se gana con armas.


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