hasta siempre, Arturo Corcuera

"El hombre de Londres" de Béla Tarr

Publicado: 2010-10-31

De Béla Tarr ya se ha hablado, y mucho, en este blog irregular (disculpas hechas). Pero es inevitable volver a él luego de que ayer viera su película El hombre de Londres, como parte del Festival de Cine Europeo de Lima. La obra en cuestión es del 2007, pero había postergado irresponsablemente su visión debido a algunas críticas que la consideraban "por debajo" de la filmografía anterior de Tarr. Ahora puedo arrepentirme de haber seguido esas referencias.

El hombre de Londres es un ejemplo del cine más moderno que se esté haciendo en el mundo y Béla Tarr debe contarse entre los cinco directores contemporáneos (y vivos) más refinados. Primero, hay que enunciar el aspecto más obvio por el que la cinta es una obra casi perfecta: una limpia fotografía en blanco y negro que construye eficientemente locaciones frías y olvidadas. La neblina no opaca a la claridad. Convive con una iluminación marcada y de alto contraste para marcar las arrugas de sus personajes, para hacer sus ropas más grises, para confundir al mar con la noche.

Mucho se ha dicho también sobre las larguísimas tomas de Tarr, esos planos secuencias infatigables y de precisión extrema. Su apacible seguimiento de los hechos y los movimientos descriptivos, a veces enfatizantes, logran estremecer junto a las composiciones musicales de Mihály Vig, colaborador vitalicio del director.

¿Cómo logra esas vibraciones emocionales una película cuyas tomas promedian los 10 minutos? ¿Cómo conservar una intensidad argumental en un policial tan elemental y sin giros evidentes? En ese intento de explicar su fuerza dramática surgen interrogantes que conducen al concepto del movimiento de cámara. Tarr no se detiene nunca demasiado. La toma fija -tan respetada y bella en muchos cineastas- no es la génesis de su cine, más inmerso en el cambio de encuadre sobre la marcha y en las mutaciones de una sinfonía visual.

Ni que decir de los demás aspectos notables, como el hermoso trabajo de locación que nos coloca en un poblado perdido, las actuaciones configuradas para una contención que agobia, o el sonido ambiental que envuelve, roza, toca al espectador. Y aunque las formas de la película se puedan convertir, en este caso, en una cuestión profunda y espiritual, la historia no deja de mostrar unas sensaciones de culpa, de desperación y de desolación que subyacen debajo de la frialdad pétrea de esos seres humanos. Béla Tarr se embarca en el espesor de la dureza para abordarla con mucha sensibilidad artística. Y lo vuelve a lograr.


Escrito por


Publicado en

EL ESPIGADOR

Blog de cine